El Estado argentino está diseñado para robar
Hay una mentira que se repite como mantra para anestesiar conciencias: “el Estado argentino está roto”. El Estado argentino funciona y lo hace exactamente como fue concebido. El problema no es cultural, ni moral, ni “los argentinos”, ni pindonga. El problema es el diseño institucional, pensado para extraer, no para desarrollar.
¿Anda el estado? Perfectamente. Sólo que no para vos.
Cuando algo falla sistemáticamente durante décadas, deja de ser un error. Pasa a ser un modelo.
Instituciones extractivas: cuando el saqueo es política pública
Desde la teoría institucional, Daron Acemoglu y James A. Robinson lo explicaron con claridad quirúrgica: los países fracasan cuando sus instituciones son extractivas. No porque no sepan recaudar, regular o intervenir, sino porque todo ese poder se orienta a transferir recursos desde la sociedad hacia una coalición política dominante.
Un Estado puede cobrar impuestos con eficiencia, multiplicar regulaciones, crear ministerios, agencias y programas… y aun así ser un desastre absoluto para el desarrollo. La capacidad estatal no es sinónimo de bienestar. En Argentina, es exactamente lo contrario: a mayor capacidad, mayor extracción.
El Estado no está ausente. Está demasiado presente, pero mal orientado.
El mito del Estado benevolente y la mentira moral
La teoría de la elección pública con James Buchanan como máximo exponente, destruye otra fantasía muy querida por la política argentina: la del funcionario desinteresado que “trabaja por el bien común”. Eso no existe. Los funcionarios responden a incentivos, no a consignas morales.
Si el sistema recompensa el rentismo, la discrecionalidad y la opacidad, el resultado no es corrupción “accidental”. Es corrupción estructural. No es una desviación del sistema: es su punto de equilibrio.
Hablar de “manzanas podridas” es una coartada intelectual. El problema no es ético. Es institucional.
El ciudadano como rehén: el fracaso del control democrático
Sumemos el problema principal–agente. En teoría, el ciudadano controla al Estado. En la práctica argentina, eso es una ficción.
• El castigo electoral es débil o irrelevante
• La justicia no es independiente
• La información pública es opaca, fragmentada o directamente falseada
En ese contexto, el funcionario racional maximiza su beneficio privado. No porque sea particularmente malvado, sino porque no enfrenta costos reales. El sistema no colapsa: se estabiliza.
No es caos. Es equilibrio.
El verdadero escándalo: que todavía se hagan los sorprendidos
Lo verdaderamente obsceno no es que el Estado argentino extraiga. Es que todavía se lo presente como un accidente, como una anomalía corregible con “mejores personas” o “más sensibilidad social”. Harto de esta cantileja de la peronería ya estoy.
No.
Mientras el diseño institucional premie la lealtad política por encima de la productividad, la dependencia por encima de la autonomía y la opacidad por encima del control, el saqueo va a continuar, gobierne quien gobierne.
El Estado argentino no necesita parches.
Necesita ser rediseñado.
Todo lo demás es relato.