Crisis económica y autoritarismo: cómo la peronería se alimenta del colapso
El colapso de 2001 destruyó la economía real, y así abrió el espacio para formas de gobernanza crecientemente personalistas y discrecionales, con instituciones debilitadas y control territorial a través de maquinaria estatal.
- Las crisis económicas profundas crean oportunidades para que actores con incentivos autoritarios consoliden poder sin necesidad de golpes formales.
- En regímenes de autoritarismo competitivo, la pobreza persistente y la incertidumbre económica funcionan como herramientas deliberadas para desactivar controles y reducir la exigencia ciudadana.
- En el caso argentino, la recuperación económica amenaza más a quienes gobiernan desde la precariedad democrática.
La pregunta por el vínculo entre economía y democracia no es nueva, pero la evidencia comparada la vuelve urgente. Steven Levitsky y Lucan Way, en Competitive Authoritarianism (2010), observan un patrón reiterado; entre una serie de variables que analizan. Cuando los sistemas políticos combinan instituciones formales democráticas con prácticas informales autoritarias, la variable que suele romper el empate es la economía. Las crisis profundas elevan la probabilidad de que líderes electos desmantelen los mecanismos de control democrático, sustituyéndolos por regímenes que preservan la fachada electoral pero vacían los contrapesos reales.
En ese marco, analizo que las democracias frágiles enfrentan dos riesgos. El primero es que una crisis provoque un quiebre institucional directo con estados que colapsan por hiperinflación o defaults monumentales pueden producir golpes, autogolpes o gobiernos excepcionales que erosionan libertades civiles. El segundo, es que actores políticos descubran que prolongar o manipular la crisis puede consolidar su poder. La pobreza persistente, el deterioro de servicios y la incertidumbre cotidiana atenúan la capacidad del ciudadano de exigir rendición de cuentas. En condiciones de supervivencia, la prioridad es el plato de comida, no el equilibrio de poderes.
Cualquier parecido con los métodos de la peronería en la Argentina no es mera coincidencia.
El caso argentino ofrece un laboratorio dolorosamente nítido. El colapso de 2001 destruyó la economía real, y así abrió el espacio para formas de gobernanza crecientemente personalistas y discrecionales, con instituciones debilitadas y control territorial a través de maquinaria estatal y paraestatal. No es casual que, desde entonces, la pobreza perpetua y la crisis cíclica se conviertan en activos políticos. Como sugieren Levitsky y Way, cuando la democracia formal existe, pero la competencia es desigual, los incentivos para sabotear la recuperación superan los costos institucionales.
En ese equilibrio inestable, cada punto de crecimiento económico fortalece la ciudadanía activa, el control social y la autonomía de las instituciones. Por el contrario, cada shock inflacionario, corrida cambiaria o parálisis fiscal crea el terreno fértil para el avance del caudillismo local, las redes clientelares y las prácticas semiautoritarias.
Esto explica porque la peronería "milita" la corrida cambiaria, el default y todas las penurias económicas posibles; a pesar de ver con nitidez que esto es malo para los argentinos.
Por lo tanto, la pobreza es el negocio del poder y la crisis es el método.
Cuando hay hambre, manda la peronería; cuando la billetera se vacía, la democracia se apaga.
Por eso, la primera tarea estratégica de quienes dependen de ecosistemas competitivamente autoritarios no es gobernar, es sólo impedir el funcionamiento normal de la economía. Desde operaciones legislativas y mediáticas hasta la manipulación territorial vía provincias y municipios, la lógica es siempre la misma.
Si la sociedad mejora, la democracia se fortalece; si la democracia se fortalece, disminuye la dependencia hacia quienes usufructúan la crisis.
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